LOS INHUMANOS (J.J. Benítez)
A los que
respetaron mi libertad..., antes de nacer.
En el tiempo mágico y de cristal de los
sueños, dos seres —recién llegados al mismo mundo— se hicieron amigos.
Cada día, desde la roja oscuridad de sus
claustros maternos, los nuevos fetos intercambiaron esperanzas.
Pero un día, uno de los seres se sintió
morir.
Y en la angustia de su soledad llamó al
hermano de gestación...
—Algo ocurre con mi cuerpo. He sentido el
dolor de una espada que me ha cruzado de parte a parte. ¡Y la vida se me va!
Pero el segundo ser guardó silencio.
—¡Oh, hermano, responde a mi angustia! ¿Por
qué me siento morir si todavía ni siquiera he nacido?
Y el segundo respondió, al fin:
—Tu etapa ha sido corta. La vida se te
escapa.
—¿Por qué?
—Tus padres no te desean.
—¿Y voy a morir?
—Me temo que sí.
En la burbuja de los sueños, aquel nuevo
ser lloró con lágrimas de vacío. Con el llanto negro de los impotentes y
encadenados...
—¿Por qué, por qué? —repetía sin cesar.
—¿Es que no sabes que el mundo en el que
hemos sido concebidos tolera y admite la muerte de aquellos que, como nosotros,
todavía no han visto la luz del Planeta?
—Pero el derecho a la vida es prioritario
a cualquier otro derecho.
—Sí, pero sólo para los que ya han
nacido...
—¿Y qué me dices de la Ciencia? La Biología
y la Genética han demostrado que la vida de todo ser humano comienza en el
instante mismo de la concepción...
—Eso son «músicas celestiales» para los
ya nacidos. Está claro que los hombres del mundo llamado Tierra se deshacen
siempre de aquello que les molesta, diga lo que diga la Ciencia.
—¡Oh, Dios! Pero entre los seres humanos,
ninguno es inferior a otro. Ninguno debe carecer de derechos.
—A pesar de eso, tú no nacerás.
—¿Cómo puedo defenderme? ¿Cómo puedo
gritarles que siento y que vivo?
—No puedes.
—Entonces, mi muerte es injusta. No he
sido juzgado siquiera. ¿Cuál es mi delito?
—Haber aparecido sobre la faz del
Planeta. Ésa es tu culpa. No hace falta que te juzguen. Los ya nacidos lo harán
por ti.
—¿Cómo puedo decirles que tengo grandes
planes, que quiero ser un gran investigador, que llevo en mí el secreto para
resolver graves problemas?
—Tampoco puedes. Con mucha suerte, tan sólo
podrás gemir en un cubo de la basura.
El nuevo ser se estremeció. Sintió cómo
los latidos de su pequeño corazón se hacían cada vez más desacompasados...
—¡Hermano, ayúdame! ¡Me muero!
—Nadie puede hacer nada por ti.
—Pero, ¿y mi madre? ¿Por qué ella sí pudo
nacer v yo no? ¿No dicen que la libertad es para todos?
—Dicen.
—Dime, ¿por qué les molesto?
—Afirman que eres un lastre para su «libertad
individual» y para su «realización personal». Además, tu presencia significa
nuevos gastos. Más dinero.
—¿Y el amor?
—Esa flor no es natural de este Planeta.
—Pero, ¿por qué yo muero y tú no? Ambos
hemos sido concebidos al mismo tiempo. ¿Por qué tú vivirás y yo no?
El segundo feto guardó un nuevo y
prolongado mutismo. Pero, al fin, respondió:
—Es que yo,
hermano, no soy un ser humano. Yo soy un perro.
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